A la carne
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Sucia carne de pasión y de lujuria,
cruel amiga compañera de mortales,
tu les muestras la miel de tus panales
donde guardas los puñales de tu furia.
Eres dueña de los rumbos de la historia,
tu derrumbas los imperios y los reyes,
tu avasallas sus doctrinas y sus leyes
con el halo de llama crematoria.
Aguas puras, cristalinas, que manando
entre límpidas selváticas cascadas,
con el toque de manos infectadas,
en charcos cenagosos vas dejando.
Aires puros que a los valles vais bajando,
de las gélidas alturas montañosas,
al pasar por tus entrañas contagiosas,
en ráfagas de peste vais quedando.
Dulce brillo, hermosura de la vida,
santa paz en que descansa el pensamiento,
has turbado¡oh carne! su contento,
has quebrado de natura su armonía.
No se puede describir tu felonía,
cuando posas tus zarpas indecentes,
en el alma de un niño adolescente,
atándola a tu infame tiranía.
Has osado penetrar en el idilio,
de esa cándida pareja enamorada,
arrancando el amor de su morada
y arrojándolo en hediondo pudrerío
Has entrado en el claustro del hogar,
nido de amor por Dios santificado,
allí los dardos de los celos has clavado,
llevándote su dicha en tu graznar.
A mortal que de la tierra peregrino,
hombre honrado, defensor de la pureza,
haces ruin y obcecado en tu vileza,
lo conviertes en bárbaro asesino.
Engañosa sirena que subyugas
con tu canto de promesas deleitando,
a tu diestra y siniestra vas dejando,
amargadas vivientes sepulturas.
Formaron ríos las lagrimas vertidas,
a tu paso¡oh hija del averno!
y juraron guardarte odio eterno
ya tarde de su mal arrepentidas.
Tu que has sido del hombre su baldón,
y a su justo señor has ofendido,
úndete en el polvo que has salido
y gánate con ello su perdón.
Lo ganaste, mas no fue tuya la victoria.
Aunque en aras del martirio te inmolaste,
si otra carne no te fuera por delante
asumiendo los vapores de tu escoria.
No una carne que en el polvo se pudriera,
no una carne servil y pecadora,
fue una carne que tu también adoras,
la que al mundo de tu ofensa redimiera.
M. G.
